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MariaClaudiaOtsubo 8/20/2018 03:51:17 a.m.
MariaClaudiaOtsubo
ACERCA DEL PORTUGUÉS
María Claudia Otsubo escritora argentina
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Tags literatura literatura latinoamericana relatos poemas Maria Claudia Otsubo escritoras argentinas escritoras latinoamericanas narrativa argentina
 
Literatura, relatos, poemas, novelas
 

(De Mujeres al sol, sábanas al viento, Ed. Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2008)

A veces lo pienso. Cuando por las noches camino de un lado al otro de mi cuarto y me levanto para hacer más café, me doy cuenta de que mis pasos retumban sobre el piso de madera. Entonces pienso en el pobre viejo. Se sorprendería si supiera que en este momento estoy escribiendo sobre él e imagino que reaccionaría mirándome muy serio y luego me diría que él no vale ese tiempo ni el esfuerzo.

Sin embargo, no le dije nada acerca de todo esto cuando nos cruzamos más temprano, casi en la calle. ¿Cómo va su libro?, me preguntó casi en un murmullo. Algunas noches la escucho, agregó después, pero quédese tranquila, que no me molesta para nada…, no me molesta para nada.

Siempre nos encontramos. Generalmente por la tardecita, cuando él entra y yo estoy saliendo. Lo veo venir con la bolsa vieja de supermercado en la que trae los tres panes y el fiambre que le venden en la esquina. Siempre con la misma bolsa y con el paso extraviado de quien regresa sin motivo alguno. Nos cruzamos en la puerta de entrada y ambos nos dedicamos un saludo, alguna vez una sonrisa y sin darnos cuenta por qué, otras veces, un apretón de manos.

Me trata con respeto, del que ya no se usa; como esta mañana, cuando me volvió a repetir que yo era una buena muchacha. No entendí qué quería decirme con eso, pero adiviné que había estado considerando esas palabras desde hace mucho tiempo; que tal vez había esta- do esperando con ansiedad este momento de la tarde para decírmelas. Y por eso, lo miré y esperé a que me explicara pero él prefirió no agregar nada más y con un permiso se metió dentro de la pensión.

Desde ese momento, o sea hace pocas horas, he estado escuchando su deambular solitario. Misteriosamente sus chinelas resuenan aquí arriba; debe ser por estos cansados pisos de madera que, ante el mínimo roce, jadean con respiración fatigada.

Al viejo todos lo conocen como el portugués. Apareció un día en la pensión, hace varios años, cuando aún vivía la viuda. Me han contado que era una mujer delgada, casi huesuda. Que se llamaba Mirta, aunque algunos después le dijeron la viuda y los de más confianza, siempre Doña Tita. Quedó a cargo del negocio al fallecer el marido —un bueno para nada, dicen que decía ella—. Desde el primer día la mujer estableció los cambios y desde entonces se acabaron los favoritismos y se saldaron las deudas pendientes.

El portugués era de los pocos que había podido conocer con profundidad al difunto. Ambos hombres se habían convertido en amigos; de esos amigos que se van haciendo por la costumbre de los días, junto al partido de cartas o la tirada de bochas en la plaza de la esquina. Tal vez fue durante esas jugadas que el portugués le contó de sus viajes, de cuando se bajó de un barco en el Río de la Plata para anudarse a su puerto, sin dar explicaciones, como un trozo de madera crujiente a la deriva que, con la primera marea, llega a la orilla.

Según cuentan, nunca le conocieron un trabajo, pero el portugués nunca pareció tener problemas de dinero. Una vez por mes, recibía cierta suma que le enviaban de Europa y eso le alcanzaba para vivir sin lujos, pero holgadamente. Más aún, algunos murmuraban que en la amistad con el difunto, algo había tenido que ver la plata. Que el portugués había tenido oportunidad de «salvarle las papas» y que la economía de la pensión había sobrevivido gracias a la ayuda financiera del extranjero. Más tarde, y una vez bien muerto el muerto, se dijo lo que años antes ya se sabía, que el portugués lo había salvado de hundirse por las deudas de juego.

En esos días, el trato con Doña Tita no superaba el saludo cotidiano y respetuoso de la convivencia diaria. Pero luego, y tal vez por la necesidad de enfrentar la enorme cantidad de inconvenientes que surgían día a día en la pensión, el portugués se fue haciendo imprescindible para la viuda. Sus manos grandes y fuertes eran las únicas que servían para cambiar una bombita, para componer una manguera o para pintar una puerta, y eran una presencia reconfortante cuando en las tardes había que cebar el mate. Esas tardes cálidas reemplazaron para el hombre los juegos de cartas y la partida de bochas y luego, también al amigo ausente.

Por eso un buen día, sin que se supiera cómo, comenzaron los rumores. Y la viuda, que había hecho bandera de mantener las buenas costumbres dentro de casa, se sintió desolada, e intranquila se refugió otra vez en su soledad.

Hasta que una mañana temprano, unos golpes sacudieron su puerta. En ese último tiempo, la mujer no estaba pasando bien las noches. El trabajo acumulado en la pensión la tenía a mal traer, y el vacío de hombre le pesaba con demasiada intensidad, más aún después del aislamiento al que se había forzado debido a los rumores.

De mala gana se había levantado entonces para atender a quien la llamaba de esa manera. Sin darse cuenta siquiera de que debía acomodarse un poco el pelo alborotado y con el pálpito de que ese no sería un buen día, había caminado hasta la puerta de su cuarto. No hay agua, doña. Nada…, todas las canillas están secas, gritaba alguien, ni en los baños, ni en la cocina; tampoco en la canilla del patio…, fue lo primero que escuchó antes de que se sumaran las protestas de los demás inquilinos, quienes a medida que se despertaban, se enteraban de los inconvenientes domésticos.

La viuda había asomado un poco la cabeza y después hizo una seña con la mano para que le dieran un minuto, pero enseguida, sentada sobre la cama, desbordada por la situación, se había puesto a llorar.

Y entonces cuentan que comenzaron a sentir ese olor pestilente que en pocos segundos invadió cada rincón de la casa silenciando los gritos. Y fue en ese momento que la viuda, ya sin dudarlo, reaccionó como tenía que hacerlo y, cruzando el patio, golpeó a la puerta del portugués. Nunca antes le había pedido un favor, así, en público; mucho menos desde que habían circulado los rumores. Pero esta vez ninguno de los pensionistas hizo, ni siquiera por lo bajo, algún comentario.

Felizmente, las cosas no eran para tanto y aunque fue importante la intervención del hombre, él no hizo nada más que tomar la decisión correcta: llamar a quien fuera capaz de reparar el vetusto caño de la casa y apaciguar los ánimos. Pero a partir de ese momento algo se modificó en la pensión, y nadie volvió a cuestionar la relación de la viuda con el portugués. Y cuando una noche el hombre se mudó de pieza, tampoco se produjo ningún escándalo.

Todo esto me lo contaron, yo no lo he vivido y me cuesta imaginarlo conociéndolo al viejo. Dicen que él era un hombre imponente, que tenía su carácter y que, sin embargo, se transformaba en un corderito cuando estaba junto a la viuda. Cuando la mujer falleció, le tocó a él hacerse cargo de la casa. Pero el portugués ya no tenía la energía suficiente, y fue un sobrino de la mujer, que se había mudado con la familia a la pensión un tiempo antes, quien tomó la posta. La vida dentro de la casa continuó, por lo tanto, con nuevo administrador. Y así más tarde la conocí yo.

Estoy segura que algún día el portugués también nos va a abandonar y entonces me quedaré sin saber tantas cosas sobre su vida. A veces lo pienso. Sobre todo por las noches, cuando camino por mi cuarto, y mis pisadas se confunden durante unos segundos con el rumor solitario de sus chinelas.

 





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