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daniloalberovergara 6/10/2019 10:14:13 AM
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Budapest, una rapsodia
Danilo Albero Vergara escritor argentino
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Tags literatura literatura latinoamericana literatura sudamericana literatura sudamericana Danilo Albero Vergara escritores argentinos escritores latinoamericanos narrativa latinoamericana
 
Literatura, relatos, escritores argentinos, literatura latinoamericana
 

Mi primer contacto con Budapest, cuatro días de una gélida e incipiente primavera; el Danubio, más hielo que río, empezaba a descongelarse, dejó una vaga impresión que confirmo: la ciudad es una rapsodia.

En vísperas de la segunda estadía que sería de dos semanas me documenté; valió la pena. Budapest fue devastada por la lucha entre tropas soviéticas y nazis, batalla librada en las dos riberas del Danubio, calle por calle, sólo comparable con la gesta de Stalingrado. La contienda duró122 días y entrampó a casi un millón de habitantes; a modo comparativo, Viena cayó en una semana, Berlín en dos. Sobrevino la Guerra Fría y la pax stalinista, años de crueldad y represión que continuaron la dictadura de Horthy y el yugo nazi.

Con otra mirada, en este segundo viaje, descubro la ciudad como una rapsodia compuesta a partir de 1945. Budapest, la segunda ciudad más importante del imperio austrohúngaro, conocida como "París del este", fue meca de artistas y científicos, cuyos herederos hicieron florecer la Hungría de la modernidad y los primeros 30 años del siglo XX tan prolífico en cineastas y fotógrafos, entre otros László Moholy Nagy, del grupo fundador de la Bauhaus, quien sentenció: "los iletrados del futuro ignorarán tanto el uso de la pluma como de la cámara"; Robert Capa, también húngaro, lo interpretó como pocos.

Nuestro departamento ocupa el séptimo y último piso de la esquina, un inmueble enfrentado hacia tres calles. Dos ventanas miran hacia avenida Rákóczy, el puente Erzebet y las colinas de Buda, también hacia un ruinoso edificio art nouveau, que nos encara. Faltan pizarras en el techo, amplios balcones de sillería con balaustres sosteniendo los antepechos. Solo un par de balcones conservan los seis balaustres originales; los hay con menos, inclusive uno. Los otros dos ventanales dan sobre las calles Dóhany y Sip, desde ellos se ve la cúpula de la Gran Sinagoga de Budapest. Casi puedo tocar con la mano el edificio del frente, sobre Sip; tejado y chimeneas restauradas, el zinc resplandece y las tejas rojas granate, de allí para abajo la mampostería desconchada revela ladrillos y vigas grises y mohosos. Como los impresionistas franceses, hago fotos de los mismos panoramas, a distintas horas del día y de la noche, bajo la llovizna o sin ella. Ciudad para ser vista a vuelo de pájaro, en panorámicas y pantallazos. Imposible visitarla sin encuadrarla en el visor de la cámara.

Proliferan librerías –dos de ellas flanquean la entrada al departamento– y anticuarios. Camino a la universidad, bajo un portal tapiado, una pareja de mendigos, con todas sus pertenencias y una pila de libros y revistas, leen. Mendigos lectores, otra marca de la ciudad, hago tomas y las atesoro en mis recuerdos. Una larga caminata por Sip hacia avenida Andrássy nos hace cruzar por el barrio Belvarós, donde estuvo el ghetto de Budapest, 20.000 de sus habitantes fueron ejecutados en las riberas del Danubio en el hoy llamado Muelle de los Zapatos donde los recuerda un memorial de zapatos de hierro. Por Andrássy hasta la Plaza de los Héroes atravesamos la historia de la ciudad: la Opera Nacional oculta tras una estructura de caños para la restauración de su frente; veredas bajo andamios de maderas, patinados por el tiempo, encubren añejas y postergadas restauraciones; ya integrados en la arquitectura de los predios. En una esquina, la reluciente Casa del Terror, museo donde se alojó la Gestapo y la policía estalinista. Frentes desconchados alternan con casas de todas las marcas de moda conocidas, restaurants y bares. Imprescindible levantar la mirada. Las esculturas coronan edificios y puertas delimitadas por estatuas. Encuadro a Beatriz frente a un portal enmarcado por una cariátide y un atlante; la instantánea de una carcajada, un skater pasa veloz, agachado y contorsionado como su juventud lo permite, para no estropear la toma.

En el departamento, los objetos de la cocina son diseños Ikea: cubiertos y ollas, chinos; loza turca; vasos y copas rusos. En los supermercados los nombres de los productos aparecen en húngaro, sin traducción, imposible saber qué tipo de queso o crema es. Traductor del celular mediante, incorporamos el tejfol y la kápostasálata y el embutido Gyulai Kolbassz a nuestra dieta. En un puesto callejero redescubrimos el sabor de la canela en los cilindros de kurtoskalacs, rellenos de helado y crema pastelera. En otro, el langos, hogaza chata de pan frito con una cobertura tipo pizza. Difícil pronunciar el idioma, el húngaro tiene catorce vocales; por eso los nativos que hablan español lo hacen sin ninguna entonación y con pronunciación impecable, el encargado que nos vende las entradas en el Museo Nacional nos pregunta de qué país somos.

El lujo de las modernas tiendas de la calle Váci son la antípoda del feérico Szimpla Kert Bar, en el corazón de Belvarós, el barrio judío; galería de negocios de trastos viejos, bares y pequeñas salas para shows, decorada con desechos de demoliciones, y la muestra más acaba del "arte en ruinas", otro sello de la ciudad.

Por las calles sin semáforos, autos y ómnibus se detienen en las esquinas para que crucen peatones y ciclistas. Abundan casas de venta de objetos usados, rezagos de la época comunista, ropa y material fotográfico de segunda mano. Desaparecidas las artes de albañiles y marmolistas, edificios antiguos han extirpado balcones y antepechos; cerrando con muros de ladrillo visto las puertas, ahora devenidas ventanas. Algunas calles estrechas deben ser recorridas dos veces, para ver los edificios y estatuas de la vereda de enfrente.

Queda una travesía por el Danubio, descartado cualquier Bateau Mouche, con orquesta, tragos y comidas, aparece la posibilidad de lanchas autobuses que llevan de un extremo a otro de la ciudad con escala en las dos riberas. La embarcación tiene un pequeño bar en la cubierta inferior; cuatro señoras muy mayores y endomingadas hacen la travesía, cada una con su copa de cerveza y un vaso de Jack Daniel's. Tan disimulado como puedo hago fotos, mientras, las imagino protagonistas de una novela de Agatha Christie. Al regreso bajamos del lado de Buda en la parada del Szabadság híd (Puente de la Libertad); la vista del Danubio y de Pest es imponente. Dos elegantes rabinos ortodoxos, caftanes de seda y luengas barbas, posan mientras la señora de uno de ellos, tras el cochecito de un bebé, los fotografía con un celular. Espero mi turno y "robo" tomas de los cuatro.

Del otro lado del puente, en el piso superior del Mercado Central, barandas con negocios de comida miran hacia planta baja. En algunas mesas hay platos tapados con servilleta de papel y un pan, pero nadie sentado frente a ellos. Optamos por niños envueltos en repollo y salchicha húngara. Nos sentamos en un largo mesón enfrentado a la baranda al lado de un plato tapado con una servilleta de papel y un pan. Un mendigo, con una mochila y valija con ruedas pasa y levanta el plato y el pan. ¿Donde se proveerá de libros y revistas?





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