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daniloalberovergara 4/13/2020 2:15:15 PM
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Miserias del coronavirus
Danilo Albero Vergara escritor argentino
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Tags literatura literatura latinoamericana literatura sudamericana narrativa argentina Danilo Albero Vergara escritores argentinos escritores latinoamericanos narrativa latinoamericana
 
 

Una de las historias más simpáticas de El Decamerón, es la novela de la Sexta Jornada: “Fray Cebolla promete a unos campesinos que les enseñará la pluma del ángel Gabriel; al encontrar, en lugar de ella, unos carbones, les dice que son los que sirvieron para asar a San Lorenzo”. Fray Cebolla visitaba un pueblo una vez por año con los confesos fines de recaudar limosnas de los incautos aldeanos. En esta oportunidad, promete al final del sermón, para la próxima jornada, mostrar una pluma del ángel Gabriel que había caído en la alcoba de María cuando le anunció que sería la madre de Jesús; la pluma era de un loro, ave poco conocida en Italia. Unos amigos, conocedores de las camándulas del fraile, distraen al criado, buscadon en su equipaje, dan con la caja donde atesora la pluma y la sustituyen por unos trozos de carbón de la chimenea.

El criado carecía tanto de inteligencia como de virtudes y Fray Cebolla lo describía en estos términos: “Mi criado tiene nueve defectos y, si uno solo de ellos se encontrase en Salomón, Aristóteles o Séneca, sería capaz de anular todas sus virtudes, buen juicio y moral”. A continuación los enumeraba por ternas: asqueroso, mentiroso y perezoso; desobediente, negligente y maldiciente; descuidado, desmemoriado y maleducado “sin contar que, además de estos, tiene otros defectillos que me callo”.

Al día siguiente, Fray Cebolla dedica el sermón para hablar del Ángel Gabriel, pero, al abrir la caja en búsqueda de la pluma, encuentra, en su lugar, trozos de carbón. De inmediato cambia la prédica, cuenta su peregrinación a Tierra Santa y las reliquias que había traído, entre ellas, restos de los carbones con que habían asado a San Lorenzo pero, por carecer de certificación eclesial, no los había mencionado. Muestra el milagro de los carbones en lugar de la pluma, canta un laude a San Lorenzo y ofrece, a cambio de limosnas, hacer cruces con los tizones en cofias, camisas y jubones de los donantes.

Hoy, sábado 11 de abril, en una cuarentena que se promete ardua e interminable, relevo otras derivas de esta pandemia que, en las últimas semanas rompió una ilusión global: todavía se podía ser joven después de los sesenta. Así en cinco semanas —que no han sido en globo como las de Julio Verne— he pasado por los nostoi del coronavirus, a coronavirus y pestes en literatura a las miserias del coronavirus.

La peste negra nos dejó El Decamerón y La Peste de Camus; en ambas hay un elemento común con el presente: aislamiento y cuarentena. En la primera abundan historias picarescas, con énfasis en el clero corrupto y libertino, mujeres y hombres lujuriosos y adúlteros, estafadores y cuentistas variopintos. La segunda, destaca la solidaridad y sacrificio de algunos personajes: el doctor Rieux, el periodista Rambert y el filántropo Tarrou. Pero, hasta ahora, no veo ningún legado literario de esta pandemia, porque la vida no siempre imita al arte, es muy pronto para esperar un Decamerón del coronavirus —además, no todos los siglos paren un Bocaccio—, pero ya hay antologías de miserias humanas —miasma del cual surgen Las flores del mal de la literatura— que tienden a demostrar que el viejo Marx —Karl ya que no Groucho— tenía razón y “la historia se repite dos veces, una como tragedia y otra como farsa”. A cronologías y hechos me remito.

La peste se originó en un país que, amén de falsear datos de víctimas, ocultó varias semanas su brote, previo condenar, silenciar y reprimir a los médicos que dieron el alerta. Hoy los hechos demuestran que el flagelo multiplica al menos por diez el número de muertos oficialmente declarados. No obstante haber puesto en aislamiento a más de 40 millones de personas.

Lejos de las conductas ejemplares de los personajes de Camus, en la realidad cotidiana abundan escraches en edificios de departamentos donde viven enfermeros y médicos, llegando a prohibirles el uso de espacios comunes, una cosa es aplaudirlos todas las noches desde los balcones y otra tenerlos de vecinos. Están los que, sabiéndose contaminados, han escapado de su internación y huido, entre otros un señor que, a conciencia de presentar síntomas, tomó antifebriles antes de embarcarse en el avión, para tener una crisis en el viaje de regreso y morir en un hospital en su patria ?argumento repetido ad nauseam con distintos matices? o multitudes que escapan en sus autos a la costa en un fin de semana largo. Ciertamente actitudes humanas y comprensibles, historias para ser noveladas, pero en nada condicentes con la seguridad colectiva.

Vemos que el país donde se originó la peste comenzó por achacarle a una potencia rival haberle introducido un gen de laboratorio en el mercado de marras; para luego exportar a otros países reactivos para diagnósticos y mascarillas que no cumplían con los cánones exigidos y fueron devueltos; la justificación esgrimida fue que los laboratorios y agentes exportadores “no estaban oficialmente autorizados”. De donde se deduce que, en el país de origen de la peste, hay laboratorios e intermediarios “no autorizados”; hablo de una nación capaz de controlar el día a día de la vida de cualquier disidente —en una población que ronda los 1400 millones de almas— y de aislar y poner en cuarentena a varias decenas de millones. Y ahora sí la vida imita al arte.

Una de mis películas favoritas es El tercer hombre —en este momento escucho su tema musical con la inigualable cítara de Anton Karas—. Holly Martins viaja a la Viena de posguerra para ver a su amigo Harry Lime, que le ha prometido trabajo. Cuando llega, Holly se entera que Harry ha muerto y que adulteraba penicilina para vender en el mercado negro. Pero Harry no ha muerto, y finalmente, cita a Holly en la Wiener Riesenrad, la gigantesca “vuelta al mundo” del parque de diversiones de Viena; desde las alturas de la noria Harry le muestra a la gente abajo y le dice, palabras más palabras menos, que si por cada uno de los infinitos puntos que se mueven le dieran un dólar “¿Quién se puede rehusar a ser millonario?”, para concluir, con un monólogo de antología: “In Italy for 30 years under the Borgias they had warfare, terror, murder, and bloodshed, but they produced Michelangelo, Leonardo da Vinci, and the Renaissance. In Switzerland they had brotherly love, they had 500 years of democracy and peace, and what did that produce? The cuckoo clock. So long Holly” (“En Italia durante 30 años bajo los Borgias tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamientos de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, 500 años de democracia y paz, ¿y qué produjo? El reloj cucú. Chao Holly”).

Presidentes que negaron la pandemia, e incentivaron no cumplir la cuarentena y aislamiento, prometiendo falsos milagros como Fray Cebolla; y retrasando la toma de medidas profilácticas, calcados en imbecilidad del criado de Fray Cebolla; traficantes e intermediarios, con patente de corso de su gobierno, que dejan a Harry Lime a la altura de un ladrón de gallinas… Ahora sí la vida imita al arte.

 

 

 


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